Cuando desde un partido político se establecen unos objetivos o unas expectativas electorales, a sabiendas, inciertas, imposibles o inalcanzables, se comete un error estratégico que suele provocar serias consecuencias en el seno del mismo partido. Consecuencias que van desde un desgaste irreversible de sus dirigentes, pasando por una pérdida progresiva de la confianza ciudadana en el proyecto político que se representa.
Me comentaban que esto es algo similar, por poner un ejemplo, como si a la directiva del Real Valladolid Club de Fútbol se le ocurriera hacer creer a sus aficionados que el objetivo del Club esta temporada es alcanzar el campeonato de liga. Y aunque tengan todo el derecho del mundo hacerlo, saben que es materialmente imposible conseguirlo. El problema se produce, cuando reciben una goleada, en casa, del Valencia, del Madrid, del Barça o incluso del Getafe y acaben produciendo un desánimo vital entre su afición, así como una pérdida de confianza con el entrenador y su directiva. Al final, muy probablemente, acaben en segunda división.
Los partidos políticos minoritarios, suelen incurrir con mayor asiduidad en estos casos. Cuando afrontan sus campañas electorales hacen creer a su electorado que pueden alcanzar los máximos puestos de representación institucional. Ellos, saben que este objetivo es inalcanzable y no sólo lo establecen, sino que lo transmiten insistentemente en sus mensajes electorales.
Después, cuando llega la noche electoral y se abren las urnas se produce una descompresión traumática hacia la realidad. En las sedes de estos partidos vuelven las caras largas, las lágrimas, los “propósitos de enmienda y dolor de los pecados”, los fracasos personales, así como las peligrosas reflexiones de una noche de derrota y dolor. Siempre estos despertares suelen tener, muy malas “resacas”, incluso algunos, los más atrevidos, suelen encender el ventilador de las responsabilidades, buscando en otros lugares, materiales o inmateriales, el origen de sus propios errores estratégicos electorales.
Estas reflexiones, realizadas durante la dura noche electoral, son las que impiden, habitualmente, poder abordar después procesos tranquilos y coherentes de constitución de las instituciones y de gobiernos que deberán conducirnos hasta las próximas citas electorales.
Todo esto, acaba generando, como he apuntado, graves consecuencias; por una lado, una importante crisis interna de liderazgo, así como un desánimo entre el propio electorado y una perdida progresiva de simpatía electoral por la opción política representada, al que se le había asimilada unos mensajes y unas expectativas, a sabiendas, inalcanzables.
Resumiendo, hay que evitar la “auto-mentira”, o dicho de otra manera, hay que evitar establecerse metas que sabemos, con total seguridad, no vamos a poder conseguir. No porque no se deseen en lo personal, ni porque no puedan ser justas. Hay que hacerlo, por lo menos, por tu propia afición, a no ser que quieras seguir perdiéndola, o mejor dicho, perderla del todo.
Bueno, esto se lo dedico a quien le pueda servir y, sobre todo, que nadie se me enfade, es que yo simplemente, lo veo así.
Me comentaban que esto es algo similar, por poner un ejemplo, como si a la directiva del Real Valladolid Club de Fútbol se le ocurriera hacer creer a sus aficionados que el objetivo del Club esta temporada es alcanzar el campeonato de liga. Y aunque tengan todo el derecho del mundo hacerlo, saben que es materialmente imposible conseguirlo. El problema se produce, cuando reciben una goleada, en casa, del Valencia, del Madrid, del Barça o incluso del Getafe y acaben produciendo un desánimo vital entre su afición, así como una pérdida de confianza con el entrenador y su directiva. Al final, muy probablemente, acaben en segunda división.
Los partidos políticos minoritarios, suelen incurrir con mayor asiduidad en estos casos. Cuando afrontan sus campañas electorales hacen creer a su electorado que pueden alcanzar los máximos puestos de representación institucional. Ellos, saben que este objetivo es inalcanzable y no sólo lo establecen, sino que lo transmiten insistentemente en sus mensajes electorales.
Después, cuando llega la noche electoral y se abren las urnas se produce una descompresión traumática hacia la realidad. En las sedes de estos partidos vuelven las caras largas, las lágrimas, los “propósitos de enmienda y dolor de los pecados”, los fracasos personales, así como las peligrosas reflexiones de una noche de derrota y dolor. Siempre estos despertares suelen tener, muy malas “resacas”, incluso algunos, los más atrevidos, suelen encender el ventilador de las responsabilidades, buscando en otros lugares, materiales o inmateriales, el origen de sus propios errores estratégicos electorales.
Estas reflexiones, realizadas durante la dura noche electoral, son las que impiden, habitualmente, poder abordar después procesos tranquilos y coherentes de constitución de las instituciones y de gobiernos que deberán conducirnos hasta las próximas citas electorales.
Todo esto, acaba generando, como he apuntado, graves consecuencias; por una lado, una importante crisis interna de liderazgo, así como un desánimo entre el propio electorado y una perdida progresiva de simpatía electoral por la opción política representada, al que se le había asimilada unos mensajes y unas expectativas, a sabiendas, inalcanzables.
Resumiendo, hay que evitar la “auto-mentira”, o dicho de otra manera, hay que evitar establecerse metas que sabemos, con total seguridad, no vamos a poder conseguir. No porque no se deseen en lo personal, ni porque no puedan ser justas. Hay que hacerlo, por lo menos, por tu propia afición, a no ser que quieras seguir perdiéndola, o mejor dicho, perderla del todo.
Bueno, esto se lo dedico a quien le pueda servir y, sobre todo, que nadie se me enfade, es que yo simplemente, lo veo así.