
Artículo publicado por Levante-emv y que reproduzco en su totalidad.
Francesc Arabí, Valencia
El abrazo que se regalaron Francisco Camps y el fabricante de ataúdes Arturo Torró (portavoz del PP en Gandia) fue una macabra metáfora de las circunstancias de un presidente que baila con la tragedia. El trazo amargo de su sonrisa retrataba el peor día de su carrera política. Cualquiera es creíble en el llanto, pero colar una alegría como cierta en medio de la catástrofe es un delicatessen sólo al alcance de los inconscientes. No es el caso del ciudadano Francisco Camps.
A las ocho arrancó el segundo día de rodaje de la tragedia Gürtel, con localizaciones en el Palacio de Justicia y exteriores. Un drama con incursiones en la comedia y paseos por el sainete. Un culebrón con políticos, sastres, cabareteras, falsa moneda, amor y traición. El ensayo general de la víspera sirvió a la prensa para organizarse. Los gráficos llegaron con escaleras bajo el brazo y uno del PP, cargado de señeritas con las que avitualló al personal concentrado.
Apenas hubo tiempo para que los coros afinaran cuerdas. Por la derecha llegaron Rita, Juan, Vicente y Gerardo. Madre, padre, y hermanos políticos de Paco, que entre todos lo han acunado. A los cinco minutos un coche oficial paró y escupió al presidente hacia la calle. Camps se plantó en mitad del segundo carril de los tres que cortó la policía para dar cancha a la concentración de representantes de los cinco millones de amigos que dice tener. Oteó el mundo y empezó a repartir besos. Dijo que estaba «contento». Cuando salió de declarar su estado evolucionó a «muy satisfecho». Eran las 11,27 y había tenido la suerte de no ver la performance de gritos, insultos y calamidades que se sucedieron fuera. Los del bus turístico sí.
Desde el segundo piso miraban y se partían de risa. Será el humor inglés, que dicen que es más complicado de entender.
El presidente se lanzó como un poseso a tocar gente. Tocar a las personas es mejor antidepresivo que el Prozac. «Hasta la muerte, con nuestro presidente». Una versión del Patria o muerte venceremos, ?coreada por los más trascendentales campsistas, que deben de ser primos hermanos de los zaplanistas de otra época. O los mismos.
Rita cogió el cráneo del presidente, como si fuera una pelota de tenis, lo enroscó y lo metió literalmente en el coche como pensando:?¡Dios, cuanto me costará de criar!». La mujer roja, que ayer no estaba para zalamerías, emprendió la retirada. Cotino y Rambla repetían muchas veces la palabra «verdad». «Con la verdad a todas partes, hoy se ha dicho la verdad..» musitaban allá a los lejos. Ayer sí funcionó el mensaje sincronizado en un PP que hace tiempo que perdió su infalibilidad mediática y estratégica. Hasta Lucas, el bebé de 8 meses que brincaba sobre Paola —una admiradora de Camps— parecía entender que la bronca a las puertas del TSJ no es el mejor producto para exportar al mercado catódico.
Desaparecido el actor principal, el personal despejó. Ya se sabe que el gran público siempre desprecia a los actores de culto. Unas cañas sostenidas por sindicalistas coronadas por dos enormes bigotes auguraban lo que estaba por llegar.
Algunos decían que esperó unos minutos antes de entrar en el TSJ porque se puso de acuerdo con Presidencia para no cruzarse con Camps. Barata teoría de conspiración. Se esperó porque cuando uno se gasta un potosí en acicalarse el bigote y hacerse la manicura, la pedicura y una exfoliación integral no tiene por qué compartir protagonismo con nadie. Ni con Camps.
Con porte taurino.
Álvaro Pérez?Alonso, el one de Orange Market, le dijo a su abogada «atrás» y llegó con andares de Curro Romero en la Maestranza, arqueando levemente los brazos y haciéndolos bailar con cadencia pendular. Primero llegó el mentón, después un bigote menos velazquiano que antes y finalmente la persona de El Bigotes. Igual que esas novias que viven a dos manzanas de la iglesia, tuvo la desgracia de que el paseíllo fue corto. Maldito el día en que se mudó a vivir a Portal de la Mar. Aún así le sobraron metros para lucir percha. No necesitó ni corbata.
En estas que salió el segundo imputado que declaró. Un galán llamado Rafael Betoret al que apenas se hizo caso. Es lo que tiene la clase media. Que ni fu ni fa. Es muy elegante e iba hecho un pincel, pero donde esté El Bigotes... Fue el último en salir. Algunos le gritaban «ladrón, devuelve el dinero». Lo dicho. Actor de culto no apto para paladares populares.